miércoles, 9 de mayo de 2012

De cambiar cambiándonos. Angélica Landa

Quisiera que mi cuartilla fuera una explicación de por qué elegí compartir el texto de Raquel Gutiérrez.
 Bueno, ahí va…
            Lo elegí primero porque es un testimonio teórico político de una experiencia guerrillera en Bolivia. Raquel, después de andar por El Salvador durante la guerra civil –o la revolución y la contrarrevolución, no sé como llamarlas – se fue a co-fundar el EGTK boliviano… y como anduvimos discutiendo en clase a ese insurrecto país, pues me pareció pertinente. Luego, por que es una experiencia ubicada en un tiempo distinto al “boom” político subversivo armado y no armado de los ´60-´70, que se dio cuando el anterior modo de acumulación del capital estaba entrando en crisis y cuando había un sentido de época que nos gritaba a la cara, o les gritaba a la cara que era imperioso y posible cambiar al mundo y además debían(mos) cambiarlo usando todos los necesarios para hacerlo, incluyendo a la violencia. Raquel y sus compañeros y compañeras, actúan en un momento que en gran parte se realiza como el comienzo de una crítica a tal boom y su contexto, con la democracia formal y el neoliberalismo como nuevas promesas de dominación hegemónica. Por eso me parece importante leerla, porque podemos comprenderla como una “sobreviviente” pero también como una recién nacida.
            Sobreviviente, porque a diferencia de muchos otros ex-revolucionarios (no sólo los mismos pro-capitalistas de siempre) siguió sosteniendo que hay que cambiar el mundo, que podemos y que debemos, y que, incluso, el poder para hacerlo puede seguir naciendo del fúsil.  Cosa para nada desdeñable, porque habría que recordar que si el capitalismo pudo en parte redimirse después de su crisis casi mortal, fue porque muchos criticaron a los proyectos revolucionarios tachando la transformación social de totalmente invariables o deseables.  Recién nacida, porque cree que hay que hacerlo pero hacerlo de otro modo, desde otra sociabilidad ético-política que nos “saque” o que construya un mundo verdaderamente otro. Quisiera entonces, en las palabras que siguen, dedicarme no a describir lo que ella cree que debemos cambiar sino lo que para mí significa construir otra dicha sociabilidad.
En una revisión muy rápida de los movimientos revolucionarios latinoamericanos del siglo pasado, una constante en algunos fue la intensión de luchar por ser integrado al sistema existente. Desde muchos otros  lugares (geográfica y epistémicamente hablando) la pobreza y la explotación se pensaron no como resultado directo de las modernizaciones que el nacional desarrollismo intentaba implementar, como de la falta de extensión demográfica de dicho sistema. Podríamos decir que existía un sentido de época que se ejecutaba desde una categorización clarificadora y definida del “dentro” y del “fuera”, en donde el cambio social e incluso la posibilidad de superación del capitalismo, pasaba, si no por la incorporación, por la síntesis del segundo en el primero, sí (al menos) por la consecución de lo que el segundo no tenía del primero. Quizás entonces, la gran sorpresa de finales de siglo, incluyendo ahí a Raquel, haya sido constatar que no existía un claro adentro y afuera, una nítida división entre opresores y oprimidos,  sino un sistema de dominación en el cual un mismo sujeto puede ser una y otra cosa al mismo tiempo. Es así que “descubrimos” que estamos adentro del sistema no porque formemos parte de la legalidad, de la distribución de la riqueza y del poder. Tampoco habría que considerar que el adentro como espacio  geográfico, como centro o periferia, no significa un adentro territorial, en el sentido político-administrativo más llano. Sino que implica la inserción del cuerpo biografiado tanto en formas de pensamiento establecidas y configuradas autoritariamente, como  en la reproducción subjetiva de prácticas sociopolíticas que aseguran  la continuación del sistema se esté en dónde esté. Es decir, estamos adentro porque todos sufrimos y reproducimos una lógica cultural de dominación (la modernidad capitalista, el machismo, la democracia liberal…) en la que sincrónicamente fungimos como opresores oprimidos. 
Entonces, el cambio podría comenzar, y quizás se aseguraría, con la instauración de una relación social que busque constituirse en el “equilibrio político” –que no sería lo mismo que en “la neutralidad política”–, en no oprimir ni dejarse oprimir.  Que puede iniciarse al dejar de realizarnos como sujetos políticos dominadores  y dominados en nuestra vida cotidiana –porque en realidad todas las experiencias del mundo se ejecutan desde alguna vida cotidiana– no reproduciendo las relaciones sociales de poder más comunes: hombre-mujer, adulto-joven, profesor-alumno, heterosexual-homosexual, letrado-iletrado, etc. Esto podría parecer que se reduce al simple hecho de “ser buena persona”. Pero es más que eso.  Implica la desnaturalización de un modo de vida, que se nos ha presentado como el único que se puede vivir y la conciencia plena de que somos seres multidimensionales, y por lo tanto seres multidimensionalmente opresores y oprimidos. Y que por lo mismo, para dejar de serlo, debemos comenzar a relacionarnos con una lógica de reproducción distinta a la “normal”, “a la de “adentro”. Porque el problema no es que haya pobres o ricos, sino que sí los hay es por una lógica social de dominación que los produce. Es decir, no se comenzaría por cambiar a los actores en sí mismos, sino a la forma en que estos interactúan para dejar de ser lo que eran en un principio. Así, comenzamos a existir “fuera” no porque salgamos físicamente del mundo capitalista o porque este caiga absolutamente, sino porque nos relacionamos distinto entre nosotros aún dentro de él. De esta manera lo que estamos construyendo son espacios vitales solidarios capaces de desarrollar una práctica autónoma, que está “fuertemente vinculada a la capacidad de comprensión del otro como par.” (FEIERSTEIN, 2007, p. 14) Por lo tanto, podemos considerar que los movimientos revolucionarios son aquellos que luchan no sólo en contra de un sistema de opresión alterno a ellos, sino los que, al mismo tiempo, luchan contra el sistema de dominación interiorizado y se construyen como un sistema en sí mismo alterno  al sistema de opresión vigente.
Es pues, lo que creo que significa una nueva sociabilidad ético-político que no reniega de la revolución o lo revolucionario. 

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