Uno de los principales problemas en el ya largo, constante, pero aún siempre vigente debate por definir América Latina es que se ha partido del hecho de considerar esta realidad geográfica, histórica, política, cultural y económica, como una entidad ya dada, concluida, acabada. Como algo que es. Por esto mismo, los autores que han trabajado con esa lógica han contemplado, por lo general, solo un fragmento de esa realidad. De ahí que sus definiciones enfaticen uno de esos aspectos: cultura, historia, política o economía. Desde mi punto de vista debemos decir, en aras de contribuir y avanzar en esta rica polémica, que América Latina no es, está siendo. Ha querido ser. Si tuviera que definirla como lo que es y ha sido, diría que América Latina ha sido y es una serie de intentos fallidos por ser otra cosa distinta de lo que ha sido y es.
Pensemos en los procesos de independencia, de ruptura de los lazos coloniales que nos ataban a España. Esos ingentes esfuerzos que costaron tanta sangre y tanta destrucción derivaron en proyectos políticos que poco se reconocen con las ideas originales que les dieron vida. El efímero imperio que surgió en la Nueva España tenía muy poco que ver con el grito de Hidalgo y la insurgencia sostenida años después por Morelos, y de lo aún animaba los esfuerzos sostenidos por Guadalupe Victoria. Las cinco diminutas repúblicas que nacieron tras la independencia que por defecto llegó a Centroamérica son más bien producto de una contingencia nacida de la incapacidad de las élites locales para construir una nación en la región cuyos destinos de pronto quedó en sus manos.
Si lanzamos nuestras miradas más al sur, comprobaremos que lo que hoy constituye Argentina y Uruguay no es lo que soñaron y se propusieron los caudillos provinciales que también enfrentaron invasiones extranjeras y mantuvieron a raya las pretensiones de reconquista colonial. Y ni qué decir del proyecto bolivariano, torpedeado hasta el fracaso por aquellos que anunciaban su pláceme por tal iniciativa.
De tiempos más cercanos debemos decir que la sangre que se derramó a caudales en Centroamérica, en las últimas décadas del siglo XX, no fue para que se instalara lo que hoy se celebra como “democracia”. Más que por una democracia, los que murieron masacrados por dizque ejércitos nacionales luchaban por superar la brutal desigualdad entre los que más tienen, los que tienen casi todo o todo, y aquellos que apenas contaban (y aún cuentan) sólo con una tortilla con sal para pasar el día. La lucha no fue entre Este y Oeste, no fue entre comunismo y socialismo; fue para derribar las inequidades acumuladas durante siglos.
A lo largo de su historia, lo que hoy llamamos América Latina ha luchado por ser algo diferente. Ha querido ser algo diferente. Algo que aún no logra ser. No es ni ha sido otra Europa. Tampoco ha podido ser una región en la que se haga justicia a los herederos de los despojados hace siglos de su territorio y de su cultura. Por eso, América Latina solo podrá ser cuando esa porción de su población –y una porción considerable– históricamente excluida deje de ser vista como otro, como indio, como pobre, como prole, y sea considerada simplemente como constituida por seres humanos, por seres iguales a nuestra especie, de nuestra misma especie. Como seres humanos y nada más.
El indio dejará de ser indio no porque abandone su cultura, su lengua, sus tradiciones, sus creencias, sus ritos. Debe y dejará de ser indio porque aprenderemos a verlo como otro ser humano (debemos aprenderlo, incluso por nuestro propio bien). Los llamados indios hasta ahora no han sido ni son vistos, ni tratados, ni considerados como seres humanos. Cuando ellos ocupen el lugar que les corresponde (por historia, por cultura, por sabiduría), cuando ocupen los lugares que ahora tienen vedados, América Latina comenzará a ser.
Mientras tanto, sólo somos y seremos el dolor de las derrotas acumuladas, la esperanza siempre viva, una rebeldía inclaudicable, jamás vencida; la posibilidad latente de la nación que jamás se ha construido. Somos un cúmulo de posibilidades y en tanto esas posibilidades no respondan a la mayoría, seremos tan sólo un sucedáneo. Por ahora, América Latina es un constante esfuerzo, un intento permanente por ser algo diferente de la victoria cínica de los que se han apoderado de todo, de la tierra y los ríos.
Cuando América Latina sea, quizás ya no sea América Latina. Será otra cosa. Pero esto será definido y decido por las generaciones futuras. Entonces, probablemente también sea nombrada de otra manera.
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